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Una mirada a la vejez a través de la historia

Por Redaccion

Hacer una inmersión en la historia, analizando el trato que la vejez ha recibido en sus diversos momentos, puede ayudarnos sin duda a entender mejor nuestra visión presente de ella. Sin embargo, tal y como señala el catedrático José Luis Malagón Bernal “estudiar las condiciones de las personas mayores en las diversas épocas no es tarea fácil, ya que las fuentes de las que se disponen rara vez aluden a ella de forma directa”.  A pesar de ello, a través de los poemas, tratados, novelas, de la pintura y la cerámica, de los mitos y las canciones, podemos desgranar la visión que a lo largo de los siglos las distintas sociedades han tenido de la vejez. 

Esta visión de la vejez ha ido evolucionando a lo largo de la historia, si bien a menudo ha presentado signos que podríamos tildar de “contradictorios”, en el sentido de que, por un lado, el mayor es considerado como una fuente de experiencia y conocimiento, y a su vez se le considera una carga, alguien que tiene reducidas sus capacidades y fuerzas limitadas. 

El historiador Alejandro León Cristóbal nos explica que, gracias a los descubrimientos de restos óseos prehistóricos, correspondientes a personas de entre 40-50 años, con diversas discapacidades, como fracturas, lesiones y enfermedades crónicas, sabemos ya que, en la prehistoria, había personas mayores, a las que el grupo daba apoyo, pues sin él, hubiera sido imposible una supervivencia hasta tan avanzada edad. Tal y como el señala: “el grado de cohesión social entre individuos de un mismo grupo o clan habría de ser alto, desarrollando sentimientos de respeto, empatía, cariño o defensa del resto de eslabones sociales”. 

En el antiguo Egipto, según la historiadora María Agustina Andrade, existía una dualidad en la figura del anciano. Por una parte, los egipcios aspiraban a llegar a la edad de 110 años, en plena capacidad tanto física como mental. Ambición realmente muy alejada de su realidad, pues su esperanza de vida era de 30 años para las mujeres y 34 para los hombres. Los egipcios “dividieron la existencia terrenal del ser humano en tres periodos; infancia, edad adulta y vejez”. El paso de la edad adulta a la vejez estaba determinado por el momento en que se dejaba de ser útil para el trabajo y que correspondía al momento en el que el cuerpo no soportaba la carga física del trabajo. Entonces, pasaban a la categoría de ancianos.  Esta etapa de la vida no tenía buena consideración social, ni por el propio individuo, ni por sus seres cercanos. El mayor era considerado una carga.

La concepción de la vejez en Grecia también se caracteriza por esa señalada dualidad, salvo en Esparta. En esta ciudad estado, los mayores eran considerados fuente de consejo y sabiduría. Los espartanos, guerreros, valoraban a quien alcanzaba la vejez y no había sido víctima de uno de los numerosos conflictos bélicos. La Gerusía espartana, era una institución única en su época, consistente en un senado formado por 28 hombres mayores de 60 años. En el resto de Grecia, la concepción del hombre mayor no era tan favorable como en Esparta, tal y como refleja la mitología: los dioses admiraban la belleza de la juventud y despreciaban la fealdad y la vejez.  En efecto, en la mitología griega, Geras (Γῆρας / Gễras) era la personificación de la vejez y era tenido como compañero y preludio inevitable de Tánatos, la muerte.  Se le representaba como un anciano encogido y arrugado, y posteriormente como una mujer, triste y, apoyada en un báculo, con una copa en la mano, que mira a un pozo donde hay un reloj de arena, que simboliza el escaso tiempo que aún le resta de vida.

Homero, en su Ilíada y Odisea, describe una sociedad en la que los jóvenes eran los que tenían el poder. Aunque el consejo de los ancianos podía asesorar, las decisiones finales las tomaban los jóvenes.

Por su parte, en la mitología romana Senectus personificaba la vejez y era a menudo representado como un anciano encorvado y canoso, con una barba larga y blanca y también con una antorcha apagada, que simbolizaba el final de la vida.  Senectus era un dios ambivalente, pues era a menudo visto como una fuerza de sabiduría y experiencia y por otro, era considerado como una fuerza de declive y muerte.    Los romanos a menudo realizaban sacrificios a Senectus para pedir sabiduría y longevidad. Es decir que su representación refleja tanto los aspectos positivos, como los negativos de la vejez.

A lo largo de la historia, figuras destacadas de la filosofía y la literatura también han reflexionado sobre la vejez y las implicaciones de esta etapa de la vida. Por ejemplo, Platón, filósofo griego del siglo V a.C., consideró la vejez como una etapa en la que las personas podían alcanzar su máximo potencial intelectual y moral. Además, abogaba por un papel activo de los ancianos en la política y en la toma de decisiones. Por su parte, Aristóteles, filósofo griego del siglo IV a.C., también consideró la vejez como una etapa de plenitud, en la que las personas podían adquirir la sabiduría y la experiencia necesarias para tomar decisiones acertadas.

Cicerón, filósofo romano del siglo I a.C., en su obra “De Senectute”, defiende la vejez como una etapa de la vida valiosa y digna y para ello argumenta contra cuatro razonamientos que son comúnmente alegados contra la vejez. El primero de ellos, el de que la vejez aparta de las actividades. En su opinión no es así, pues, aunque estemos más cansados, la vejez no impide la actividad intelectual, que pueda ser incluso más fructífera en la edad avanzada y además, en su opinión, la vejez puede proporcionar más tiempo para dedicarse a actividades placenteras, como la agricultura o la reflexión. El segundo razonamiento, es el de que en la vejez disminuye la fuerza física. Cicerón reconoce que la fuerza física disminuye con la edad, pero argumenta que la vejez no es sinónimo de debilidad y puede proporcionar más sabiduría y experiencia. El tercer razonamiento que rebate es el de que la vejez priva de placeres. En su opinión no es así, la vejez no priva de placeres, sino que los cambia. Los placeres de la juventud, como el sexo y la comida son reemplazados por otros más duraderos, como el amor a la familia y los amigos. Y finalmente, el cuarto y último razonamiento que rebate es el de que la vejez nos acerca a la muerte. Para él, la muerte es inevitable, y la vejez, la preparación para ella, un tiempo ideal para reflexionar sobre la vida y la muerte, y para prepararse para el más allá. En resumen, Cicerón concluye que la vejez es una etapa de la vida valiosa y digna, que puede ser incluso más fructífera que la juventud.

Por su parte, Séneca, filósofo romano del siglo I d.C., abordó la vejez desde la perspectiva estoica, enfatizando su potencial para el crecimiento de la sabiduría y la paz interior. En su obra “De la Brevedad de la Vida”, Séneca argumenta que la vida es lo suficientemente larga si se vive con sabiduría y propósito, y que la vejez puede ser una época de reflexión profunda y de virtud.

Plutarco, biógrafo griego del siglo I d.C., abordó la vejez en varias de sus obras, con un enfoque en la virtud y la ética. Creía que la vejez era una oportunidad para reflexionar sobre la vida y poner en práctica las virtudes adquiridas a lo largo de los años. A través de biografías de figuras históricas, como Alejandro Magno o Sócrates, Plutarco proporciona ejemplos concretos de cómo la virtud y la sabiduría pueden manifestarse en la vejez. En su visión, la vejez no es una etapa de declive, sino una fase en la que las virtudes morales y la sabiduría pueden brillar incluso con más intensidad.

La Edad Media fue una época de grandes batallas, pestes y hambrunas. Ninguna de estas tres realidades favorecía el envejecimiento. Así las cosas, en este periodo de la historia, llegar a ser anciano era todo un reto y la concepción que de esa parte de la vida se tenía, no era muy positiva. San Agustín, que en su obra “Las Confesiones”, narra la vejez como un momento de perdida y sufrimiento.  Pero, a pesar, de los ancianos eran vistos como un estorbo y a menudo marginados, también poseían algo muy preciado, la sabiduría. En ese periodo los gremios de profesiones permitían transmitir los oficios de unos a otros. Los mayores asumían la responsabilidad de formar a los más jóvenes para que el conocimiento perdurase.  Esta es la visión que nos transmite Santo Tomas de Aquino, en su obra “Summa Theologica” cuando dice que la vejez es un regalo de Dios y, por lo tanto, se debe honrar y respetar a la gente mayor o cuando afirma: “Cada edad, desde la infancia hasta la vejez, tiene en sí algo especial que le es propio y que debe ser desarrollado”.  

El Renacimiento fue un periodo de renovación cultural y artística que aportó una nueva visión del mundo, más positiva y humanista. En este periodo la visión de la vejez comenzó a cambiar. Los humanistas valoraban la sabiduría y la experiencia, lo que dio lugar a una visión positiva de los ancianos. De este periodo nos han quedado maravillosas esculturas donde se refleja la vejez como fuente de poder y sabiduría, tales como el Moisés de Miguel Ángel; una obra magistral de la literatura, como El Quijote, con un protagonista que nos comparte sus últimos años de vida o citas como esta de Leonardo Da Vinci: “La vejez es como un libro que se ha leído hasta el final. Cada página está llena de sabiduría y experiencia”. 

Desde el barroco hasta el siglo de las luces, se produjeron poco a poco cambios sociales que han supuesto una progresiva mayor importancia del comercio, las artes y las ciencias frente a la lucha y las armas. En esos nuevos campos, las personas mayores, han visto reconocido el rol que les otorga el conocimiento acumulado y la experiencia. Los ancianos simbolizaban la unidad familiar y la acumulación de patrimonio, ambicionado por los sucesores que, en consecuencia, en la mayoría de los casos, cuidan del mayor.

En la Edad Moderna, la percepción de la vejez continuó su evolución positiva. Los avances científicos y médicos permitieron que se alargara la esperanza de vida y siguió mejorando la percepción del rol de las personas mayores en la sociedad.  Esta cita de Voltaire expresa perfectamente la percepción de la vejez en esa época: “La vejez es la estación de la sabiduría”.

La visión de las personas mayores durante el romanticismo fue compleja y contradictoria. Por un lado, los románticos valoraban la sabiduría y la experiencia de las personas mayores, pero por otro, veían la vejez como una etapa de declive. Durante esta etapa, se busca romper con el neoclasicismo y con los movimientos anteriores, por lo que las personas mayores representaban épocas pasadas y no favorecían la búsqueda de lo nuevo.

En la literatura romántica, la vejez se muestra de forma contradictoria. Por un lado, como personajes sabios y compasivos, que han vivido mucho y que, por lo tanto, tienen muchas experiencias. Este es el caso de la obra de William Wordsworth, “Oda a un viejo marinero”, que cuenta la historia de un superviviente a un naufragio y que ha sobrevivido a él en el mar. También el del poema de Lord Byron, “Don Juan”, que relata los romances y aventuras del joven Don Juan que es asesorado por un sabio anciano. Por el contrario, Mary Shelley, en su obra “Frankenstein”, crea un monstruo, que simboliza la vejez y la muerte.

Durante la época que sucede al romanticismo, el realismo, se produce un gran cambio: se busca retratar la sociedad tal y como es, aplicando el método científico y que reflejan con exactitud y objetividad. La vejez queda así integrada como una realidad incontestable en las artes y las letras. 

El siglo XX ha sido un periodo de grandes guerras mundiales, de desarrollo industrial y tecnológico, de enormes cambios en todos los aspectos, de revolución en la sanidad, el trabajo, las estructuras sociales. Y todos esos cambios se han producido con una velocidad abrumadora.  A principios del siglo XX, las personas mayores simbolizaban la tradición y el respeto a los valores conservadores, en una época de constante cambio y de ideas nuevas. Dentro de la sociedad y de las familias el mayor ha seguido siendo considerado el pilar fundamental de la familia y fuente de experiencia, pero también una carga, hasta el nacimiento del llamado “Estado del Bienestar”.  Éste ha tenido una influencia significativa en el rol de las personas mayores en la sociedad. El diseño de políticas y programas sociales dirigidos a garantizar un nivel mínimo de bienestar para todos los ciudadanos, independientemente de su capacidad económica  ha supuesto para  las personas mayores una mayor seguridad económica -a través de pensiones, asistencia social y servicios de salud-,  el acceso a la atención médica y a otros servicios sociales y el establecimiento de canales para fortalecer su participación en la sociedad, a través de programas de educación, formación y voluntariado. Gracias a estas medidas, el rol de las personas mayores en la sociedad ha cambiado significativamente. En la actualidad, las personas mayores tienen la consideración de miembros activos de la sociedad, con derechos y oportunidades similares a los de las personas más jóvenes.

Entre los factores que más han influido en la concepción de la vejez, está la salud, pues a medida que avanza la medicina y la calidad de vida, aumenta la esperanza de vida y se retrasa la vejez.  Por otra parte, la industrialización ha influido también en el concepto de vejez. Hasta la aparición de las máquinas, en la era preindustrial, los cuarenta marcaban la frontera de la vejez y el inicio del periodo final de la vida. La razón es lógica, la inexistencia de máquinas requería de la fuerza del ser humano para realizar la mayoría de las tareas y ese esfuerzo, generaba un desgaste, que, acompañado de la falta de higiene y cuidados médicos, también influía negativamente en el cuerpo.

En resumen, durante la historia, la vejez ha recibido un trato desigual, pero que en general ha oscilado entre el respeto al mayor apoyado en su conocimiento y su consideración de lastre, del que hay que hacerse cargo. Sin embargo, hasta no hace tanto, los mayores eran una minoría, algo muy diferente a lo que ocurre hoy en sociedades como la nuestra. Ser mayoría, como ocurrirá pronto en nuestro país dota a las personas mayores de una posición social muy diferente a la tradicional, que provocará sin duda una transformación radical de la visión que sobre ellas se tiene, así como de su influencia. 

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